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Donde me lleve el viento (Historia de toma de decisiones rapida)

Hay historias que merecen ser contadas, y esta es la de Juan Carlos, un chico de Sagunto (Valencia) que el verano del 99 marcó un antes y un después en su vida. Y además significo una forma de encarar en la vida en la toma de decisiones.

Juan Carlos era, y aún lo es, un soñador, alguien sin ataduras, con libertad de movimientos, sin prejuicios, sin nada que le detenga. A sus 22 años quería experimentar, disfrutar de los amigos, conocer nuevos sitios y poder acumular vivencias y experiencias. Su familia estaba afincada en Valencia desde hace muchos años con negocios de hostelería, les daba igual que fuera en Sagunto o en otro sitio. Ellos hacían la “temporada”, y Juan Carlos se había criado en ese ambiente.

Pronto se interesó por la cocina, ya que le gustaba más que atender las mesas, por eso alternaba los fogones con la bandeja. Pero con 22 años necesitaba experimentar nuevas sensaciones. Ese verano del 99 decidió salir a la aventura y con unos amigos cogieron un coche para irse a esquiar a la zona de Pirineos y Andorra en la modalidad “económica” (ahora la llaman low cost). Durante ese periplo que fue el mes de Julio algunos amigos, entre ellos Juan Carlos, hicieron el pacto de irse a buscar nuevas experiencias y trabajar lejos de su querida Valencia. 

Después de la diversión la primera parada fue en Peñiscola. Los padres de Juan Carlos habían cogido una terraza y allí dejaron el mes de Agosto, para poder recuperarse de los gastos realizados. Fue un mes de trabajo intensivo. Con los ahorros que consiguieron en esos dias decidieron irse a Sagunto y una noche de cena y copas alguien les comento que en Canarias había mucho trabajo. A la mañana siguiente decidieron irse a una Agencia de Viajes paracon la firme decisión de irse hacia el Archipielago Canario. - “Si a Canarias, ¿pero adonde?”, pregunto la dependienta de la Agencia. - “No sabemos” dijo uno de ellos “donde haya trabajo”. - “Es que en Canarias hay 7 islas y cada una es distinta”, volvió a comentar la joven. - “¡¡¡¡Hay 7 islas¡¡¡. No lo sabíamos. Decide tu donde creas que puede haber trabajo”.

Imagino la cara de aquella chica al escuchar lo que los jóvenes le decían. Los amigos que habían decidido irse juntos dejaron en manos de un tercero la posibilidad de empezar una vida en un lugar geográfico al azar.

- “Creo que en Tenerife hay trabajo. ¿Dónde queréis ir al Norte o al Sur?” dijo la dependienta - “Nos da igual”. Dijeron los jóvenes cansados de tanto interrogatorio. “Donde haya trabajo” - “Sale un vuelo mañana al Aeropuerto Sur de Tenerife (porque tiene dos aeropuertos) que sale bastante bien de precio. ¿Os lo cojo?”. Interpelo de nuevo la chica - “Si, si, adelante ese mismo”. Exclamaron los jóvenes que tenían ganas de que acabaran las preguntas.

Y allí aparecieron en el mes de Septiembre y con poco dinero en la cartera, ya que se habían gastado la mayoría en el billete de avión, solo de ida. Intentaron alquilar un apartamento pero entre la fianza y el pago anticipado de tres meses de alquiler no les daba, por lo que decidieron coger las tiendas de campaña que habían traído y se instalaron en la playa, así ahorraban costes.

Al día siguiente empezaron a buscar trabajo. Juan Carlos se presentaba como cocinero, ya que es lo que a él le gustaba y además sabia. Le choco que alguien le preguntara “Pero usted sabe hacer una tortilla”. A lo que Juan Carlos contesto “Eso dicen los que la han probado. ¿Quiere que le haga una ahora mismo?”. Y así fue como después de hacer la tortilla el encargado del restaurante le dijo “Comienzas esta misma tarde”.

Allí comenzó su andadura por distintos restaurantes con jornadas de más de 12 horas y cocinando “comida rápida” para los turistas que pretendían comer algo y seguir su día de playa. Fueron días de trabajo y ocio, ya que los 22 años se dejaban escapar por los poros de la piel, y es cuando Juan Carlos aprendió a hacer surf, que estar cerca de la playa acampado ayudo mucho, y a pescar, otra de sus pasiones que ya traía de su tierra valenciana. En una de estas unos surferos que estaban al lado de ellos decidieron irse a buscar nuevas aventuras a Australia y como no podían llevarse su vehículo, una furgoneta, les dijeron que se la entregaban al grupo de amigos. Y así fue como pasaron de la arena de la playa a dormir en una furgoneta. Cuando en algún restaurante preguntaban a Juan Carlos por su dirección, aquellos pocos que le ofrecían un contrato de trabajo, el contestaba con gran sentido del humor que su dirección era la furgoneta que estaba en la plaza cuarta al lado de un Seat Panda verde en el Parking de Las Américas.

Es así como Juan Carlos fue haciendo algo de dinero y pronto pudieron él y sus amigos alquilar un apartamento. Un buen dia Juan Carlos llamo a sus padres y les noto bajos. No había casi trabajo en Valencia. A lo que Juan Carlos les dijo “¿Por qué no venís a Tenerife, aquí hay mucho trabajo”. Parece que la genética funciono y los padres y hermanos de Juan Carlos liquidaron sus negocios y tomaron rumbo a Tenerife, sin pensárselo mucho. Pronto rentaron un local al lado de la playa y empezaron a regentarlo con la capacidad de trabajo que tenían acumulada  lo largo de toda su vida. Muy pronto Juan Carlos empezó a trabajar para su padre, ya que el trabajo era de sobra.

Poco a poco el local dio lugar a otro más y a un tercero. La familia de Juan Carlos se había instalado en Tenerife desarrollando lo que habían hecho durante toda su vida, el trabajo en terrazas de playa, y haciéndose así un capital y un nombre en la zona sur de Tenerife.

Pero Juan Carlos tenía más inquietudes. Estaba cansado de hacer tortillas, pizzas y hamburguesas para los turistas y decidió estudiar por las noches recetas de cocina. Era (y es) un autodidacta y le propuso a su padre incluir platos en la carta que el mismo había preparado. Aunque la clientela demandaba otras cosas, el veía que cada vez que solicitaban alguno de sus platos tenia gran aceptación.

Además la vida le tenía preparada otra sorpresa a Juan Carlos. Uno de los amigos que se había ido con él a Tenerife, también llamo a su familia para venir a trabajar, y una de esas personas era su hermana. Pronto Juan Carlos quedo prendado de la joven muchacha y la química y el destino hicieron el resto. Eran pareja y ¡¡¡la hermana de su mejor amigo¡¡¡. Aquella joven influyo a Juan Carlos en su siguiente toma de decisiones. Ella observo  que tenía capacidad para poder cocinar platos mejor preparados y elaborados, y le animo a coger su propio local. Juan Carlos no quería un local cerca de la playa, ya que la clientela solicitaba los mismos platos, y pronto encontró un local en el interior donde podía desarrollar su cocina. Fue un momento difícil el comunicar a su padre que se montaba por su cuenta pero cuando lo hizo puso toda la ilusión para que aquello triunfase. Ella y su novia eran dos jóvenes con unas ganas enormes de poder ser independientes y triunfar en su pequeño local.

Es aquí donde el destino me reunión con Juan Carlos, ya que un buen día hice una parada  en su local para comer y es allí donde quede fascinado con su cocina. La mezcla y originalidad de los sabores, tanto tradicionales como nuevos, le daba una frescura que mi inquietud culinaria no pudo más que recompensar. Mis frecuentes viajes a la Isla siempre tenían un punto de encuentro en la cocina de Juan Carlos. Cuando un día le pregunte donde había estudiado cocina, el me saco un enorme libro de recetas que fusionaba con otra ideas suyas. Su novia me decía que muchas noches no dormía preparando nuevas recetas y experimentando sabores, y cuando se quería relajar se iba a pescar, y seguía pensando en nuevos platos.

Su eterna curiosidad alcanzo tal grado que hicimos un pacto entre él y yo. Yo solo tenía que decirle si quería un plato de carne o pescado y él se encargaba de preparármelo. Hace ya mucho tiempo que no leo la carta, el día que llego a su negocio le pego un abrazo y le digo: “Hoy voy a querer carne, espero que me sorprendas”. Es tal mi adoración por la cocina de Juan Carlos que le he dicho que el día que coma mal en su casa dejare de ir. Así le tengo tensionado.

Ahora Juan Carlos está dudando en tomar otra decisión. Su cocina es buena y tiene aceptación, pero la isla se le ha quedado pequeña. Tras superar un bajón de clientela hace un par de años, debido a la crisis, de nuevo ha recuperado el volumen y la estabilidad en su negocio, pero tiene un deseo intenso de acometer nuevos retos. Quiere poner a prueba a su cocina en otros lugares para ver su aceptación y también marcar nuevos hitos, y está pensando en trasladarse a una gran urbe. Su chica le presiona. Está cansada de la isla (ya llevan más de 10 años en ella) y quiere probar en otro lugar y abandonar la responsabilidad que acarrear tener que responder todos los meses a los gastos de un negocio propio. En cambio Juan Carlos adora ir de pesca y su libertad para innovar que ve en peligro. Unos días piensa que hará las maletas,  y otros que es mejor quedarse quieto “con la que está cayendo”. Ya no tiene 22 años, sus 33 años le pesan en la toma de decisiones. Sin familia ni hijos sus ataduras no son grandes, pero su comodidad le pesa.

¿Qué creéis que hará Juan Carlos?. Yo también tengo dudas, pero no tengo ninguna de que el triunfara allá donde este.

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