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Uno de los problemas más graves que tiene la sociedad actual, seguramente el germen de todos los demás es la pérdida del sentido del Valor, de los Valores Esenciales.

Los Valores son, por poner un ejemplo, como el bote del balón en baloncesto o la empuñadura correcta en esgrima. Si no sabes botar, no esperes saber jugar; y si no sabes empuñar un florete, olvíate de llegar a nada. Tan es así que cualquier deportista de élite sigue practicando las aburridas técnicas básicas hasta el final de su carrera. Botar bien y empuñar adecuadamente el florete son dos valores esenciales (en adelante seguiré refiriéndome a "Valores" aunque hay que entender "Valores Esenciales") de los respectivos deportes. Sin ellos no hay nada que hacer.

Con la personalidad y la sociedad ocurre otro tanto, una persona que no entrena los Valores se perjudica a sí misma tanto como un jugador de baloncesto que se niega a botar el balón, aunque muchos pensaremos que como si se tira a un pozo, porque lo realmente importante es el perjuicio que ocasiona a los demás con sus palabras, acciones u omisión de acciones y su ejemplo -¿recuerdan lo que significa escándalo?-, por lo que parece obvia la importancia de entrenarlos, so pena de deteriorar el rendimiento de todo el equipo.

Los desorientados por el ejercicio del doblepensar granhermaniano pensarán -erróneamente, por supuesto, y si aceptamos que el acto de repetir consignas puede denominarse pensar- que todas las opiniones son respetables, y que en cuestión de Valores las cosas son como los colores: para gustos. Les han enseñado a pensar que los Valores no son objetivables, que no hay unos más importantes que otros, algunos sin los cuales los secundarios no tienen cabida igual que sin respirar no hay nada más, ni vida, ni placer, ni dolor, ni abundancia ni pobreza, y que sin botar el balón nunca jugarás un partido de baloncesto ni lo ganarás sin hacer bien algo tan básico.


Sin embargo lo que ocurre con los Valores es lo contrario: a los dirigentes del IngSoc no les interesa que sean objetivables, sino turbios, revueltos, relativizados, porque de otro modo las personas tendrían muy claro lo que es importante y lo que no lo es, lo que es el Bien y lo que es el Mal, descubriendo sus iniciativas de reducción de las personas al estado de proles sumisas a condición de ser subsidiadas. El primer método para objetivar los valores es observar la realidad. Cuando surge la ocasión acostumbro a comparar Botswana con su vecina Zimbawe o el mundo musulmán con el budista, el hinduista, el ateísta y el cristiano. Oximoroneando, se diría que es de una claridad densa como el chocolate de San Ginés tras la juerga madrileña de Nochevieja, pero como no hay más ciego que quien no quiere ver, a unos cuantos nos toca sufrir en nuestras sociedades las consecuencias de su ceguera, mientras nos empeñamos en cambiar las cosas cambiando los detalles, las consecuencias, cuando el problema de no llegar a la canasta ni es por causa de las zapatillas ni mucho menos relativo, sino que reside en el Valor Esencial: el bote. En Botswana existen unos principios, unos Valores, que no se ven justo al lado, en Zimbawe, ni buscando sus "partículas subatómicas" con el colisionador de hadrones, y los resultados están a la vista: el primero es un país moderno y próspero, el segundo está hundido en la miseria económica víctima de un sistema de Valores no sólo equivocado, sino opuesto al evolutivo. A un nivel más macro ocurre otro tanto con las distintas regiones del planeta.

Los responsables de RRHH y formación de las empresas debieran tener en cuenta que sin un entrenamiento adecuado de los Valores Nucleares judeogrecoromanocristianos de la personalidad, todo lo que están haciendo en otras direcciones es inútil y/o contraproducente. Los desarrolladores y distribuidores de productos de formación debieran hacerse la misma reflexión. Pero no se trata de imponer creencias a nadie por la fuerza como antiguamente o supraliminalmente como ahora, sino de guiar a cada uno a través del descubrimiento y adhesión a los Principios o Valores Evolutivos.

Nada se conseguirá -nunca, generalizo expresamente- si no entrenamos con frecuencia los Valores, más cuanto mejores queramos ser para nosotros y los demás, de buena gana o forzados por crisis como la que vivimos, ni en el terreno intrapersonal, ni en el laboral, ni en el conyugal, el familiar o cualquier otro, por más que diseñemos sistemas de formación rigurosos o esotéricos. A las pruebas -de la realidad- me remito: ¿Ha mejorado la productividad española gracias a la ingente cantidad de recursos económicos y humanos invertidos en formación? NO, al contrario, ha empeorado. ¿Y la competitividad? igual. El absentismo ha aumentado, el fracaso escolar también, el modelo de sociedad preconizado actualmente no deja de arrojar noviazgos inmaduros e ignorantes al efímero matrimonio light, y a otro tipo de conductas que antiguamente se llamaban desordenadas, libertinas o viciosas y que ahora se llaman guays, actuales, no-carcas, libres, liberales, auténticas y todo tipo de eufemismos similares.


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